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La moda es una extraña dama.
Seduce a todos por igual y prefiere no casarse con nadie en particular. Su fidelidad es sólo con ella misma, por eso es desfachatada e irreverente. Le gusta flirtear. Quien diga que no se ha sentido atraído por su perfume miente con descaro. Hasta para negar a la moda hay que nombrarla… Obra como una sombra a la luz del día y es de esos amores que jamás se olvidan.
La moda es una invención humana. Todavía no tenemos registros de animales locos por los trapos… Y es que, desde el Paleolítico en adelante, elegimos cubrirnos por muchas razones más que por el frío o por el pudor. Nuestro hábito se corresponde con profundas creencias que van desde ideológicas hasta religiosas. El cuerpo, la cara, el peinado y la casa se transforman en zonas donde la moda ejerce su influencia y bajo su gobierno podemos leer con certeza qué está pasando en un momento dado en una sociedad determinada.
La moda es cosa seria. Oscar Wilde, en El retrato de Dorian Gray, apuntaba: “El vano misterio del mundo es lo visible, no lo invisible”. En aquel entonces este escritor, al igual que después otros, como Proust, puso luz al fenómeno sustentado en corsés y sedas. Lo de ellos fue un golpe bajo a la filosofía, por ejemplo, que desconfiaba de lo evidente. Allí, en la superficie, estaba la verdad, lo que habla por sí solo, el discurso indumentario.
Las abuelitas dicen con el dedo en alto: “El hábito hace al monje”, y las nietas no las refutamos. En tiempos modernos, la premisa resulta cierta. Al final somos como nos mostramos. La sociedad, de acuerdo con sus ideales, decreta cuál es el código de elegancia vigente. La imagen de una persona elegante se puede fabricar. Para ello hay páginas de revistas especializadas, asesores, tiendas, diseñadores, cine y televisión. Una cosa muy distinta es cuando se habla de estilo. El estilo es particular y lo tienen sólo aquellos que se aventuran al “conócete a ti mismo” y, conformes con sus gustos y disgustos, eligen qué lucir con absoluta soltura. Estilo y elegancia no están divorciados. Cuando hacen una buena pareja son memorables. Imaginemos tan luego a Audrey Hepburn, tan frágil, tan espléndida en sus vestidos línea A, una estrella en tiempos de mujeres de curvas. O quizás a Humphrey Bogart, con el impermeable deliciosamente arrugado y el sombrero Borsalino tapándole un ojo. Estos hombres y mujeres son los embajadores itinerantes de la moda, los que escriben en su libro de oro.
La moda no incomoda. Desde las jóvenes de pies vendados en China para satisfacer la libido masculina hasta los corpiños de Madonna by Gaultier. La sensatez no es el género donde se hacen los patrones de los vestidos. La creatividad se mete con las funciones corporales, hace guiños a la sexualidad, habla el lenguaje del poder y el resultado, aparentemente inocente: las prendas conseguidas, encuentran sus acólitos. La parafernalia de la seducción, los stilettos de 12 centímetros de alto, o el escote por el ombligo nacieron para seducir y, si no, que lance la primera piedra Sarah Jessica Parker.
La moda opera en el reinado de las tendencias, y las tendencias son esas razones técnicas que fabrican el entramado del consumo. Cuando esta temporada el lector se enfrente a la falda lápiz, los estampados florales, los colores vibrantes, tendrá un aguijón, la sensación de déjà vu. Y esto, ¿cómo se explica?… No es que la moda nace para estar muerta en el segundo…. Las tendencias son la variable fija, cada una de ellas necesita seis años para cerrar un círculo. Surge, se instala, a los cuatro tiene una leve decadencia que le da impulso y retorna, y en el quinto año se populariza. De allí le quedan apenas 12 meses para la mesa de saldos. Es por eso que esta primavera-verano, como todas las temporadas, habrá algo muy nuevo, algo apenas visto, algo conocido, algo usado y algo a punto de caducar.
A la moda le gustan los altos y los bajofondos. Clarificando, la moda va de palacio a la calle, y no se sabe cuál es la que ejerce mayor influencia. Hasta los años ’60, la Alta Costura imponía un sistema aristocratizante. Una mujer común y corriente elegía para copiar el modo y el traje de la mujer de sociedad o de la estrella del celuloide. El ready to wear fue la democrática revolución. De un sistema homogéneo se mutó a un sistema heterogéneo y de allí estuvimos a un paso del para vestir vale todo o casi todo. Hoy Karl Lagerfeld lleva en su mano anillos de plata de procedencia rockera, Alexander MacQueen presume de los gustos de la clase obrera inglesa y la intelectualidad belga termina el ruedo de una finísima seda con hilachas. Los vasos comunicantes entre la calle y la alfombra roja son cosas de todos los días.
La moda construye identidad. La ambición planetaria se llama globalización, los intercambios son constantes pero cada pueblo reivindica su propia esencia y los hace con sus manufacturas artesanales, sus creadores nacionales, construyendo una propia paleta cromática que identifique sus emociones. Lo pequeño puede y debe dialogar con lo grande.
La moda es una apuesta creativa que no teme a los grandes desafíos y se transforma en industria, constituyendo activamente a la economía mundial. Es un ejercicio vital que explora con respeto las técnicas de avanzada y las ancestrales. Es un modo de resistir cuando quedan los emblemas y no se soportan las palabras. La moda es alegría y descubrimiento o se transforma en cinco minutos de angustia frente al espejo…
Jugar a la moda está permitido y es posible; donde sea que estemos, la moda al igual que nosotros nos acompaña.
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