|
|
EL DISCRETO ENCANTO
Algo nuevo, algo viejo. El signo de cada ciclo de la moda es la tensión. Conflicto de ribetes que se presenta confrontando la sorpresa con el déjà vu. La culpa la tienen las tendencias. Seis años lleva el nacimiento, apogeo y muerte de una tendencia. A los cuatro, cuando el color, la forma o el estampado en boga llegaron a las mesas de saldos, mágicamente se da lugar a un relanzamiento que augura a ese ancho de botamangas o corte otros 24 meses de vida activa.
¿Por qué esta introducción? Porque usted va a sentir lo mismo que yo; mirando desfiles o pasando revista, tendrá el aguijón de lo nuevo, algo extraño que se instala y que hay que procesar, y tendrá la satisfacción o fastidio de lo conocido. El baby doll, el pantalón chupín, los cinturones, la minifalda, la chaqueta línea A, la paleta tónica, el taco compensado y la plataforma, los botines, el trench son algunos de los valores que continúan buscando la lógica del hartazgo, para después dormir unos años y retornar. En una zona intermedia, si tomamos la tendencia y la comparamos con la ola, seguirán el talle alto, el pantalón extra ancho, el zapato acordonado tipo Derby, la falda lápiz, el gris, erigido como el sustituto del negro en el invierno 2008. Las superposiciones, ideales para construir una figura de pirámide invertida, cuyas bases son piernas con medias muy tupidas, se mantienen en el tope. Lo nuevo late para acostumbrar al ojo y generar el impulso. Los tapados tienen mangas cortas, un chiste al cambio climático que le hicieron, entre otros, Miuccia Prada y Miguel Palacio. Se llevan con piel de gallina a la vista y guantes.
Bastó que en la tienda Corso Como 10, en Milán, Carla Sozzani hiciera una muestra en honor al grupo Memphis para avalar a los ochenta como uno de los mandamientos, no ya en la zona alternativa, sino en el corazón de las pasarelas. Tal como ayer, aunque nunca igual -Heráclito está vigente– estos ’80 traen hombros anchos, cintura marcada, corsés, faldas tulipa diez centímetros por encima de la rodilla, llamaradas fluorescentes y maquillaje recargado. Y, cada vez que de ochentas hablamos, existe la tentación de volver a los cuarenta. Simone De Beauvoir cumplió cien años y en ella se pensó cuando los modistos lanzaron equipos con chalecos tejidos sobre blusitas de profesora, llevados con faldas de lana de tabla encontrada, zapatos con media plataforma, saco de tres botones con hombrera y, por supuesto, turbante de seda natural. La moda no es caprichosa aunque sus detractores le cuelguen el sayo de banal. En los ’40 y en los ’80 las mujeres ocuparon la escena pública. Unas lo fueron en la posguerra: tuvieron que hacerse cargo de las circunstancias y en la calle batallar por trabajo, comida, derechos y familia. Las otras, en plena era yuppie, pelearon por el reconocimiento profesional, dando de narices con el techo de cristal puesto por generaciones de prejuicios masculinos. En el siglo XXI, las mujeres llegan al gobierno. El liderazgo femenino es algo tangible. Conducen, dirigen, gestionan, mandan, investidas en prendas funcionales, buscando con ellas un estilo que no las haga pasar desapercibidas, que remarque su presencia en el espacio físico.
Cruzando de vereda, por la misma calle, el futuro se hace presente. En los ’60 y ahora, nuevas texturas, innovaciones tecnológicas, nostalgias de Cardin, Courrèges, Rabanne y Quant. Tan poderosas, que sobre este influjo cae rendido el trench de Burberry y no hay tradición que pueda con el vinilo. Pero el futuro es una tentación con poco éxito para las noches de estreno. El cóctel reivindica su esencia con el shift dress y a las veladas paquetas se llevan los vestidos largos, tal como Gucci manda. Con colas de sirenas, caídas, espaldas descubiertas y escotes hasta el ombligo. Y es a partir de la soirée que se genera otro cambio radical. La burguesía tiene un discreto encanto, siempre y cuando sea la de Buñuel, la que deja ver la urticante llaga que supura en la vida cotidiana.
Allí está el secreto para afilar la percepción de la moda. En las midis de Jacobs, la capa, el vestido de cóctel Chanel, las buenas texturas y cortes impecables. La marca rebelde consiste en mostrarse como Jacqueline Bouvier Kennedy, mientras hacen campaña Hillary-Obama y Sarkozy se casa con Bruni. Del sadomasoquismo, post punk, grunge, neofuturismo y de Balenciaga con el pañuelo palestino customizado al twin-set de cashemire… Las musas, hay que contarles a Irina y a Kate, ahora se parecen a Romy Schneider, Fanny Ardant, Catherine Deneuve y a nuestra Graciela Borges en cualquiera de las películas de Raúl de la Torre. Un hombre con un traje ya no es Natalio Ruiz... Y volviendo al caso de las mujeres, ¿qué lectura se puede hacer de estos iconos de vestidito y taco salón, la de frágiles y complicadas, o la de aquellas que además de las formas eligen las circunstancias?
Veremos y usaremos estos argumentos de moda y otros más. Los bordes son siempre difusos. En nuestro país será un año para evaluar hasta dónde la inflación afecta a la competitividad en precios con referencia al mercado internacional. Hasta dónde el diseño de autor y el diseño de marcas está maduro para elevarse por sobre sus cotas y cómo, con un discurso propio, se logra una inserción regional.
Más allá de las categorías establecidas por la cultura, como el buen y el mal gusto, efímeras convenciones, o la dicotomía entre elegancia y estilo, vamos a seguir jugando a la moda. Aceptando o negando el fenómeno; total, las apariencias hablan. Cada uno dice lo que quiere, cómo puede y a veces se permite el desliz de hacerlo donde no debe.
POR
ANA TORREJON
Periodista Invitada
Para Revista LA FUGA
 |
|